lunes, 17 de enero de 2011

La institución 'Senderos' lucha contra las drogas en Colombia

Entiendo la reacción. La experimenté. La primera y las muchas veces que me dijeron o insinuaron que tenía un problema con el alcohol mi respuesta fue agresiva, negando, atacando a los osados que se habían atrevido a enunciar el tema.

Y en ese momento, lo juro, yo era honesta conmigo misma. El alcohol era la fuerza vital que necesitaban mi organismo y mi mente para funcionar. No entendía cómo personas vivían sin él.

El alcohol era mi mejor amigo, mi confidente, el testigo de mis lágrimas, el que entendía mis accesos de ira, el que me hacía dormir y olvidar muchas cosas, el que me desatascaba la garganta para poder llorar, el que me acompañaba a leer, a socializar, a ser alegre.

Cuando llegó la cocaína a mis narices, fue la perfección. Éramos un trío al que nadie podía vencer. Sin esos dos compañeros, pensaba que se me hubiera quedado desnuda el alma ante el mundo, incapaz de vivir, frágil, asustada y encuevada como un topo bajo la tierra.

Traigo a colación estos recuerdos personales porque cuando intuí que personas cercanas a mí querían alejarme de estas sustancias sentí morirme de angustia, de desesperación. No vislumbraba la vida sin ellas.
Respondía una y otra vez que yo no tenía ningún problema, que yo sabía manejar el consumo, que no me jodieran la vida y que me dejaran en paz.

Un adicto no concibe la vida sin la sustancia de su preferencia. Ya sea alcohol, marihuana, cocaína, bazuco, éxtasis, anfetaminas o tranquilizantes.

Por eso cuando nos mencionan Alcohólicos Anónimos, Narcóticos Anónimos, centros de recuperación, internados, terapias, reaccionamos como un puercoespín. Pensamos que eso es para los que viven en las calles, andan con un costal al hombro o en la cárcel...

Para los que han matado en un arranque psicótico, se cortan las venas o se mueren de cirrosis. Pero no para ‘nosotros’ que manejamos el consumo, que todavía funcionamos, que somos capaces de trabajar o estudiar, para los que después de una noche brava nos componemos con una ducha fría y un bloody -mary. No. Nos negamos a aceptar.

La enfermedad de la adicción es la única que el cuerpo mismo la pide. Que la necesita a gritos. Es la enfermedad diabólica que nos ataca alma y cuerpo, emociones y afectos, racionamientos. La enfermedad que nos esclaviza y nos arranca de cuajo lo único que nos distingue de los otros animales: la libertad. La capacidad de escoger. La enfermedad de la ‘negación’ por antonomasia.

Escribo estas líneas porque el consumo crece en Colombia. Porque los jóvenes, adultos, mujeres y niños caleños en número cada vez mas alarmante, están ya esclavizados por el consumo. Se salió de las manos. Y, curiosamente, los centros de rehabilitación están con pocos pacientes.

La adolescente que bebe los fines de semana, o mete éxtasis, o introduce cocaína en el támpax, mezclado con licor para llegar sin tufo a la casa. El estudiante encerrado en su cuarto, con las ventanas abiertas y la música a todo volumen para fumarse su cacho y desconectarse del mundo...

Los pandilleros que se ‘embalan’ para ir a la calle a pelearse. Las rumbas donde lo que más rumbea es el éxtasis. Las clínicas clandestinas de abortos. Las enfermedades venéreas. El Sida ...

El ejecutivo que ya se conoce todos los baños de la empresa y de los restaurantes para ‘sniffarse’ su gramo. El médico que aprovecha su investidura para proveerse de morfina o benzodiacepinas. El ama de casa que esconde las botellas detrás del inodoro o empaca su botellín con vodka en la cartera...

Las parejas que salen de farra y nunca se acuerdan muy bien qué sucedió. Los que llegan con ‘el piloto automático’ a su casa o se les perdió el carro no saben dónde. En fin, la lista es interminable.

Mientras se debate sobre la legalización o no de las drogas, lo importante es caer en cuenta que en este momento hombres y mujeres están llevados por la adicción. Están destrozando su futuro, acabando con su presente. Miles de personas ya están atrapadas en ese callejón estrecho y oscuro.

Lo importante es abrir los ojos. Aceptar que el problema existe. Pedir ayuda y descubrir que sí hay otra vida, aquí mismo, en ésta: sensacional, divertida, excitante, plena, sin necesidad de consumir. Lo importante es que la adicción esté aceptada como problema de salud pública y que las instituciones acreditadas reciban soporte de las entidades gubernamentales.

Por ejemplo, Cali, tiene actualmente ‘Senderos’, entidad que ofrece a jóvenes y adultos internado, programas ambulatorios, psicoterapias individuales y de grupo, terapias de familia, grupos de apoyo, con un equipo terapéutico de primera calidad y alto profesionalismo.

Esta institución forma parte de la Corporación Caminos que durante muchísimos años ha sido líder en prevención y recuperación de adictos. ‘Senderos’ es una nueva esperanza para comenzar una nueva vida. Está en la Carrera 127 No 22-49 Avenida El Banco. Teléfono 682 8166. Su director Pablo Rodríguez y su equipo son de lujo.

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